Malargüe, San Carlos, Tupungato y Rivadavia concentran gran parte del valor agregado provincial en actividades mineras de estas categorías.
Por Panorama Minero
El Plan Maestro para el Sector Hídrico de Mendoza introduce un dato que obliga a revisar parte del debate minero provincial: la minería de segunda y tercera categoría no solo tiene hoy un impacto hídrico prácticamente nulo, sino que además sostiene economías locales completas, incluso en departamentos donde la oposición al desarrollo minero es más visible y organizada.
El documento oficial -que proyecta la gestión del agua hasta 2050- deja en claro que, bajo el marco legal vigente, la minería no constituye un factor de presión relevante sobre el recurso hídrico. Sin embargo, al analizar la estructura económica por departamentos, aparece un mapa menos discutido: minas y canteras son, en varios territorios, uno de los principales motores de generación de valor agregado.
Minería “invisible”, pero estructural
La actividad minera que hoy existe en Mendoza está concentrada casi exclusivamente en minerales de segunda y tercera categoría, como yesos y áridos. Se trata de explotaciones de bajo consumo de agua, en muchos casos con usos no consuntivos, y con permisos hídricos mayormente asociados al abastecimiento de personal o a tareas auxiliares.
Ese perfil productivo explica por qué el Plan Maestro califica su impacto hídrico como “prácticamente despreciable”. Pero el mismo documento muestra que su peso económico territorial es todo menos marginal.
El caso más extremo es Malargüe, donde el sector de minas y canteras explica entre el 75% y el 80% del valor agregado departamental. Allí, la minería de categorías menores no cumple un rol complementario: es la base misma de la economía local, en un territorio con escasas alternativas productivas.
San Carlos y la paradoja del rechazo
Más llamativo aún es el caso de San Carlos, un departamento históricamente identificado con una postura antiminera firme, donde se concentran algunos de los movimientos más activos contra el desarrollo de la actividad.
Según el Plan Maestro, en San Carlos el sector de minas y canteras representa entre el 35% y el 40% del valor agregado departamental. Es decir, una porción sustancial de la economía local depende de una actividad que, en el plano discursivo, es fuertemente cuestionada.
La paradoja no es menor: mientras el debate público suele asociar minería con amenaza ambiental o hídrica, el diagnóstico técnico oficial muestra que la minería que efectivamente opera en el territorio no presiona el agua y, al mismo tiempo, aporta una parte decisiva del ingreso local.
Valle de Uco: impacto económico sin presión hídrica
El patrón se repite en otros departamentos del Valle de Uco. En Tupungato, la minería de segunda y tercera categoría aporta cerca del 28% del valor agregado, convirtiéndose en el principal sector individual de la economía departamental. En Rivadavia, explica entre el 22% y el 24%, siendo también el principal aportante de valor.
En todos los casos, el Plan Maestro remarca que estas actividades no demandan volúmenes significativos de agua, lo que refuerza la idea de que el conflicto entre minería y recurso hídrico no se corresponde con la realidad productiva actual.
El efecto arrastre que hoy no ocurre
El informe no lo plantea de manera explícita, pero los datos permiten una lectura adicional: la ausencia de minería metalífera de mayor escala también limita el desarrollo de las otras categorías.
En provincias con mayor dinamismo minero, la minería metalífera suele actuar como actividad tractora, impulsando:
- Mayor demanda de áridos
- Desarrollo de canteras
- Inversiones en logística, servicios y proveedores locales
- Profesionalización de la minería de menor escala
En Mendoza, ese efecto arrastre no se produce, en parte por las restricciones legales que impiden avanzar con proyectos metalíferos convencionales. El resultado es una minería de segunda y tercera categoría económicamente relevante, pero encapsulada, sin el impulso que podría ampliar su escala, su tecnificación o su integración productiva.
Bajo consumo de agua, alto impacto territorial
Desde el punto de vista hídrico, los números son contundentes. El Plan Maestro registra, por ejemplo, 63.000 m³ anuales en la cuenca del Río Malargüe para actividades de exploración y explotación minera o hidrocarburífera, un volumen insignificante frente al uso agrícola, que concentra alrededor del 90% del consumo total de agua en Mendoza.
Aun así, la minería de segunda y tercera categoría sigue siendo un pilar económico silencioso en vastas regiones de la provincia, incluidas aquellas donde el rechazo social a la actividad es más visible.



























