Muchos años antes que la Puna salteña ocupara la centralidad actual en el mapa minero global, en el extremo oeste del departamento de Los Andes, frontera con Chile y Catamarca, Mina La Casualidad fue durante décadas mucho más que un enclave productivo: fue un pueblo levantado alrededor del trabajo minero.
Por Panorama Minero
Como muchas familias que habitaron el campamento, los Cruz organizaron su vida alrededor de la actividad minera. Mientras los técnicos y obreros sostenían el funcionamiento del yacimiento, en el pueblo se desplegaba una vida cotidiana con escuela, comercios y espacios de encuentro que dieron forma a una comunidad a 4.100 msnm. Esa dimensión humana convirtió a La Casualidad en uno de los capítulos más singulares de la historia minera argentina, donde la producción de azufre convivió con la construcción de una identidad compartida por generaciones de trabajadores y sus familias.

“Hay una frase que le gustaba usar a mi papá para describir la magnitud de la mina. Él decía que el campeonato anual de fútbol tenía 11 equipos. ¡Había gente como para armar 11 equipos! Detrás de cada persona había una familia. Había pabellones para solteros y solteras, pero lo normal era que la gente que trabajaba allá tenía una familia”, cuenta Ariel Cruz.
La historia de La Casualidad se remonta a los años 1940, cuando se creó la Compañía Azufrera Argentina S.A. para la explotación de este recurso en la Puna salteña. En 1947 el 50% de la empresa fue adquirida por la Dirección General de Fabricaciones Militares y hacia 1952 el total del paquete accionario fue adquirido por el Estado nacional.
El proyecto dio lugar a la planta azufrera más grande de la Argentina que se mantuvo activa desde 1953 hasta 1979, con un pico de producción en los años ‘70 de 30.000 toneladas anuales de azufre con 99,97% de pureza. Cuando en 1977 comenzó el proceso de despoblación, vivían alrededor de 2.000 personas.
“Hasta el año 1980 el potencial industrial de un país se medía en kilos de ácido sulfúrico que producía y consumías. Y esa fue la época en que desapareció la producción en la mina La Casualidad. La cerraron por una cuestión de estrategia continental, por decirlo de alguna forma, porque recursos tiene, para los niveles de producción en ese momento, superaba los 50 años de vida útil, no es que se agotó; el problema es que ahora la bocamina quedó del lado de Chile”, señala Cruz.
Lo que hoy es para muchos un pueblo fantasma en las voces de la familia Cruz todo cobra vida, como si las tolvas y los esqueletos del cable carril que transportaban el material desde la bocamina La Julia a través de 15 km, se sacudieran el óxido, y aparecen relucientes el correo postal, el hospital de mediana complejidad con quirófano, las casas con grandes alacenas para acopiar alimento en el duro invierno, la escuela, la iglesia, el casino de los militares con su restaurante a la carta y la sensación de haber estado en aquella época mejor conectados con el mundo desde una remota localidad de Los Andes.
En tal sentido, Cruz afirma: “Nosotros hace muy poco tiempo entramos en las compras online y cuando yo nací mi mamá eligió el ajuar en un folleto de una tienda en Buenos Aires que se llamaba “Gatichaves” (histórica tienda Gath & Chaves, 1883-1974). Al mes tenía todo el ajuar completo. No había internet, pero había trenes, había aviones. Había una logística muy aceitada”.
A sus 64 años, Ariel sigue en actividad como pequeño productor de tierras raras a pedido, además de llevar las operaciones de una empresa minera. Una empresa que también es legado de La Casualidad, porque su socio principal, Roberto, también de apellido Cruz, fue la última persona en salir de la planta. Siendo un joven administrativo, a Roberto le tocó colocar el último candado a La Casualidad. Ariel lo cuenta con brillo en los ojos y es como si se escuchara el sonido metálico del portón clausurándose.
Protagonistas y tecnología de punta en La Casualidad
En su relato el hombre va y viene de un hecho a otro, no puede evitar comparar los tiempos, los cambios en la industria, y observa: “Para los que saben leer la minería, La Casualidad es un laboratorio muy interesante actualmente. Todas las estructuras que están allá tienen entre 70 y 80 años. Sirve mucho ver la formulación de los hormigones, cómo respondieron, o sea, hay normas de construcción y normas de calidad que sugieren siempre ver lo que ya está hecho y hacer las comparaciones. Ahí tenemos un hermoso laboratorio para ver cómo se comportaron las estructuras de hormigón y metálicas en un ambiente tan agresivo como el sulfuroso”.
Kitaro Yahase
En relación con la tecnología, Ariel hace un paréntesis y señala que hay varios personajes que fueron señeros en la vida de La Casualidad. “Unos de los que te puedo mencionar es un japonés, Kitaro Yahase, doctor con 5 ingenierías, consultor de Fabricaciones militares, que fue el que diseñó el programa. En ese momento tenía 3 obras en el mundo, la presa Atatürk, el metro de Moscú y el proyecto de ácido sulfúrico en Argentina. Mi papá fue el traductor técnico, por eso quedó a cargo después que lo acompañó a desarrollar el proceso”, recuerda y señala respecto al método de extracción: “Había dos plantas, una de concentración y una de flotación, que es un proceso que se usa ahora en Pirquitas como tecnología de punta y nosotros hace más de 60 años lo estábamos usando en La Casualidad, que son las celdas de flotación. Y eso hace que uno con el tiempo entienda la grandeza de la selección que hizo en ese momento el Estado argentino para traer ese tipo de consultores a desarrollar tecnología en nuestro país. En ese momento estábamos desarrollando ese proceso productivo y estábamos fabricando el segundo avión a propulsión en el mundo. Ese momento de la Argentina del florecimiento tecnológico lo pudimos palpar en un lugar tan remoto como la mina La Casualidad”.
El respeto por el recurso y por quienes lo explotan
“La primera enseñanza que me dejó La Casualidad es el respeto por el recurso y por quienes lo explotan”, relata Ariel. “Nosotros estábamos en el campamento y la mina quedaba alejada, el recorrido era más de una hora. Entonces, cuando se hacía la fiesta de la fundación del establecimiento, era la única oportunidad en que venía la gente de la mina, y se producía un silencio cuando entraban. Sabíamos que esa gente estaba muy expuesta. La mayoría no tenía una vejez, porque las condiciones eran duras. Uno a eso lo aprende a respetar. La minería de hace mucho tiempo era distinta. Yo ahora participo de operaciones mineras, hago logística, asesoro en proyectos y, por ejemplo, antes podía invitar a cualquier persona a tomar un café, ahora no. Hay normas y protocolos. Me parece correctísimo, pero también yo vengo de una época donde la minería se hacía poniendo el lomo con sacrificio”.
Precursora de REMSA
“He tenido la suerte de que mi padrino de bautismo, Mario Raskovsky, fue el primer Secretario de Minería de la provincia. Raskovsky creó una empresa mixta llamada La Casualidad, que tenía como objeto preservar el patrimonio minero que tenía la mina. Esa empresa que nació como La Casualidad actualmente es REMSA (Recursos Energéticos y Mineros de Salta S.A.). Hace 50 años mi padrino vio la necesidad de preservar el patrimonio mineral de la provincia con intereses públicos y privados de forma mancomunada”.
El fin y los intentos de reabrirla
Desde que su amigo Roberto Cruz puso el último candado y entregara las llaves al gendarme, han pasado casi 50 años. Durante todo este tiempo han surgido diferentes iniciativas para resguardar el patrimonio de La Casualidad, desde la empresa creada por Raskovsky, hasta una ONG proyectada por familiares para explotar las instalaciones del campamento turísticamente.
“Todavía hay gente que se junta y viaja a la mina una vez al año a pegar una vuelta”, comenta Ariel. “Las personas que trabajaban en la mina tenían un nivel de contención tan grande que difícilmente hubieran dejado la mina si no se hubiese cerrado. Había un sentido de pertenencia muy grande. Fue un golpe duro, gran parte de toda la actividad minera de Salta era esa mina. La cantidad de gente que estaba vinculada a la mina, la cantidad de proveedores era muy grande. Significaba muchísimo para la economía de Salta. La Casualidad sigue siendo un punto de referencia”, afirma.
Él mismo encaró un proyecto en 2008 conformado por 4 empresas argentinas y chilenas para reactivar la producción de La Casualidad, pero en medio el mercado se desplomó. El ácido sulfúrico en 2008 tenía un precio muy alto, comenta Ariel, alrededor de los US$1.000 la tonelada y en marzo, abril, hubo una crisis muy grande que llevó el precio internacional de US$1.000 a US$80.
Ariel recuerda que ya habían montado una parte de la planta en Olacapato, que ahora se usa para concentrar ácido sulfúrico. “Buscábamos trabajar con lo que se llama el relave, que en aquel momento se consideraba estéril, pero actualmente es muy rico, porque antes la producción se hacía con lo mejor y había un descarte que no ameritaba explotación, pero ahora es muy útil. Una de las participantes era una empresa chilena que quedó como propietaria del yacimiento. La planta quedó del lado argentino y el yacimiento del lado chileno. La idea era reactivarla, hay propiedades mineras también en la zona de San Antonio, que tienen un valor de azufre que amerita ser explotado. Pero no se pudo, fue tan grande el shock económico. Hubo barcos que quedaron en medio de una travesía, sin saber qué hacer, no le recibían el cargamento”, lamenta Ariel y señala:
“Los que hacemos minería hace mucho tiempo sabemos que no hay magia, sino que hay mucha especulación. Cuando uno ve que el precio de un producto empieza a trepar excesivamente es porque hay alguien que lo está sosteniendo de alguna forma para hacer un negocio. Mucha gente hizo muy buen negocio cuando el precio del litio subió y después volvió a los valores históricos. Esa es la realidad”.
Ariel hace una pausa, regresa a su niñez: “La Casualidad fue el puntapié inicial de lo que iba a ser el resto de mi vida. Al haber nacido en ambiente minero, me hice minero, y tengo mis hijas que también están en la actividad minera, son la tercera generación. Fue una escuela, hay muchos chicos que salieron de la primaria y fueron a estudiar minería en la secundaria porque querían volver a trabajar donde se criaron”.
“Hoy La Casualidad es lo más triste que uno puede ver, porque están desmanteladas las casas, todo se lo robaron, pero la iglesia no se tocó. Yo hice la comunión allí”, culmina Ariel, y sus ojos son espejos de agua donde se pueden ver la inmensidad de la Puna.




