La crisis venezolana entró en una etapa decisiva. Lejos de un desenlace súbito, el proceso en marcha se encamina hacia una transición prolongada, atravesada por negociaciones, presión externa y un esquema de supervisión internacional cada vez más visible. En diálogo con Panorama Minero, el analista geopolítico Fabián Calle, Senior Fellow de la Florida International University y director del Instituto de Seguridad Internacional del CARI, ordena las claves del nuevo tablero regional y explica el rol que Estados Unidos decidió asumir, ahora de manera más explícita.
Por Panorama Minero
Según Calle, lo que ocurre en Venezuela no responde al patrón clásico de caída de una dictadura. Por el contrario, se trata del inicio de un proceso transicional que no será inmediato y que podría extenderse durante uno, dos o incluso más años. En ese sentido, advierte que no está cayendo un dictador tradicional, sino un esquema de poder delegado. Nicolás Maduro, explica, no encarna una figura autónoma de poder al estilo de otros liderazgos autoritarios históricos, sino que actuó como un delegado dentro de una estructura de control más amplia, fuertemente condicionada, indica, por Cuba.
El peso de La Habana en la arquitectura del poder venezolano se consolida, según el analista, a partir del golpe fallido de 2002. Desde ese momento, Hugo Chávez habría decidido ceder el control de la seguridad interna al aparato de inteligencia cubano, lo que derivó en una penetración progresiva del G2 en las Fuerzas Armadas venezolanas. A partir de entonces, sostiene Calle, todo ascenso militar relevante pasó a estar filtrado por Cuba, un esquema que se profundizó tras la muerte de Chávez. En esa etapa se definió una interna clave dentro del régimen, entre un sector más ligado a las Fuerzas Armadas y otro alineado con La Habana, del cual Maduro formaba parte. El triunfo de este último consolidó la influencia cubana como factor estructural del poder.
En ese contexto, la estrategia de Estados Unidos apuntó a desarticular el núcleo simbólico de los altos mandos venezolanos. Para Calle, la administración Trump decidió cortar directamente la cabeza visible del sistema, desplazando a Maduro como figura central, pero sin buscar un colapso caótico. El objetivo fue abrir un proceso de negociación condicionado, con incentivos claros y márgenes de maniobra cuidadosamente calculados. En ese esquema, explica, el verdadero interés de Washington fue generar autonomía relativa en el sector militar venezolano frente al aparato cubano, debilitando así el corazón del sistema de control.
La selectividad de las sanciones forma parte de esa lógica. Calle subraya que no todos los actores clave fueron incluidos en las listas, lo que dejó deliberadamente abiertas algunas puertas para la construcción de interlocutores internos. El mensaje estadounidense combinó exigencias políticas concretas (liberación de presos políticos, cese de la persecución a la oposición, regreso de empresas estadounidenses= con demandas estratégicas más amplias, como la reducción de la influencia de actores extrahemisféricos, en particular Irán y, en menor medida, China.
La presión, advierte el analista, no es solo retórica. Estados Unidos actúa como supervisor directo del proceso, y dejó explícita la posibilidad de una escalada militar mucho más severa en caso de incumplimientos. En este escenario, las Fuerzas Armadas venezolanas ocupan un lugar central, pero con márgenes extremadamente acotados. Calle describe a un estamento militar que opera con prudencia forzada, condicionado por su inferioridad tecnológica, la infiltración de inteligencia y el riesgo judicial internacional. Más que como un ejército tradicional, sostiene, funciona como una estructura integrada a negocios legales e ilegales, desde el petróleo hasta el contrabando, lo que moldea sus incentivos y su comportamiento.
Desde esta perspectiva, Calle afirma que el “régimen como dictadura todopoderosa” llegó a su fin, aunque aclara que eso no implica una normalización inmediata. “Las penurias económicas, las restricciones a las libertades y la ausencia de libertad de prensa persistirán durante un tiempo”. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico, el cambio es contundente: “Venezuela dejó de ser un espacio de refugio para rivales estratégicos de Estados Unidos, como China, Rusia, Irán o las FARC”, puntualiza.
Al ampliar la mirada, Calle sostiene que la principal ventaja estructural que conserva Estados Unidos sigue siendo militar, y dentro de ese plano, el control de los mares resulta decisivo. El despliegue global estadounidense, con cientos de instalaciones militares distribuidas estratégicamente, no solo cumple una función defensiva, sino que constituye la columna vertebral del orden comercial y diplomático internacional. En términos navales, si bien China avanza con rapidez, aún se encuentra lejos de igualar el poder operativo, tecnológico y logístico de Estados Unidos, que además cuenta con una red de aliados militares sólidos en Asia, Europa y América.
A esa supremacía dura se suma una dimensión menos visible pero igualmente determinante: el poder blando. Calle destaca “la profunda asimetría educativa entre Estados Unidos y China”, reflejada en la enorme cantidad de estudiantes chinos que se forman en universidades estadounidenses, frente a un flujo inverso prácticamente inexistente. Esa diferencia, subraya, habla de atracción cultural, capacidad de absorción de talento y formación de élites futuras.
En este marco, el analista desmonta una idea recurrente: las grandes potencias siempre toman decisiones unilaterales. El entramado institucional construido tras 1945 (Naciones Unidas, FMI, Banco Mundial, OTAN) responde a los intereses de Estados Unidos, y nunca operó en su contra. La diferencia actual, señala, no está en el ejercicio del poder, sino en la forma. “A diferencia de administraciones anteriores, Trump prescinde del esfuerzo por disimular o maquillar las decisiones, dejando el ejercicio de poder al descubierto”.
Para la Argentina, este escenario abre una ventana de oportunidad concreta. Calle señala que existe un núcleo relevante del Partido Republicano con conocimiento profundo de América Latina, especialmente en Florida, que no parte de diagnósticos simplificados de la región. En paralelo, en un contexto de disputa estratégica global, Estados Unidos busca consolidar su zona de influencia natural, el hemisferio americano, una lógica que no es ideológica sino estructural. A esto se suma la creciente importancia del Ártico y la Antártida, los corredores Atlántico–Pacífico y el valor estratégico de los recursos naturales.
En ese marco, Argentina comienza a ser observada desde afuera con una mirada mucho más estratégica, no solo por su producción agroindustrial, sino por su potencial en litio, cobre, oro, petróleo, gas y energía, además de sus climas fríos, relevantes para industrias intensivas en consumo eléctrico como las vinculadas a la inteligencia artificial. “La lectura externa se ordena cada vez más en función de variables duras, geopolíticas y productivas, muy distintas de la autoimagen tradicional del país”.
Ahí, concluye Calle, se abre una oportunidad, siempre que Argentina logre leer el contexto con realismo y moverse con inteligencia en un tablero internacional donde el poder ya no se disimula y las reglas se escriben desde la fuerza.


























